Reflexiones EDG | El país convertido en serie

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México parece estar viendo una serie política en tiempo real. Cada mañana aparece un nuevo capítulo: acusaciones desde Estados Unidos, nombres de funcionarios, declaraciones cruzadas, conferencias, análisis, especulaciones y redes sociales convertidas en tribunales improvisados.

Cada personaje parece conocer perfectamente su papel. La oposición sale a anunciar el fin del gobierno antes de que empiece el juicio. Los simpatizantes responden cerrando filas como si cualquier crítica fuera traición. Los medios empujan la historia hacia donde genera más ruido. Y la ciudadanía observa desde la sala de su casa, con café en mano, esperando el siguiente episodio.

Pero hay una diferencia importante entre Netflix y la realidad: aquí no existen guionistas que conozcan el final.

La Presidenta Claudia Sheinbaum está jugando una partida compleja. Por un lado enfrenta presiones externas de un gobierno estadounidense que históricamente ha mezclado seguridad, política y conveniencia. Por otro lado enfrenta una oposición que encontró en Sinaloa un terreno fértil para golpear a Morena y a la llamada Cuarta Transformación.

Y mientras todos pelean por imponer su narrativa, aparece una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de esperar pruebas y empezamos a vivir de sospechas?
Porque una acusación no es una sentencia. Pero tampoco el poder puede convertirse en escudo automático.

La política moderna ya no gana elecciones y descansa seis años; ahora vive bajo una campaña permanente. Todos disparan, todos responden y todos quieren imponer el relato antes que los hechos.

Lo peligroso es que, entre tantos reflectores, la verdad termine saliendo por la puerta trasera.

Y entonces sí, el país entero habrá confundido justicia con espectáculo.

Porque cuando la política se vuelve serie, el riesgo es que el ciudadano deje de ser ciudadano y termine convertido en audiencia.

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