¿Más partidos o más confianza?
Mientras miles de jaliscienses batallan para llegar a fin de mes, pagar el transporte, enfrentar la inseguridad o conseguir una cita médica, esta semana una noticia pasó casi desapercibida para muchos ciudadanos: Jalisco tendrá un nuevo partido político.
El Instituto Electoral dio luz verde al Partido Humanista para convertirse en fuerza política estatal. Al mismo tiempo, dos partidos desaparecen del mapa electoral: Hagamos y Futuro, organizaciones que durante años recibieron financiamiento público, participaron en elecciones y ocuparon espacios de representación.
La pregunta inevitable es sencilla: ¿realmente hacen falta más partidos políticos?
La teoría dice que sí. Una democracia sana necesita pluralidad, nuevas voces y alternativas para la ciudadanía. El problema es que la realidad suele ser menos romántica.
Los mexicanos llevamos años escuchando promesas de renovación. Cada elección aparecen proyectos que aseguran ser diferentes, ciudadanos que prometen no parecerse a los políticos tradicionales y organizaciones que juran representar una nueva forma de hacer política. Con frecuencia, el resultado termina siendo el mismo: grupos que terminan reproduciendo las prácticas que decían combatir.
Por eso el registro del nuevo partido abre una discusión más profunda. No se trata solamente de sumar una nueva sigla a la boleta electoral. Se trata de preguntarnos si la confianza ciudadana puede recuperarse creando más estructuras partidistas o si el verdadero desafío está en transformar la forma de hacer política.
La situación genera todavía más debate cuando detrás del nuevo instituto político aparecen personajes y grupos vinculados a organizaciones religiosas com la Luz del Mundo que han estado rodeadas de polémica pública. Sin prejuzgar a nadie, la ciudadanía tiene derecho a exigir absoluta transparencia sobre quiénes impulsan los proyectos que buscan acceder a recursos públicos y espacios de poder.
Porque al final los partidos no se financian solos. Se sostienen con dinero de todos.
Quizá la reflexión más importante sea otra: los partidos nacen y desaparecen, cambian de nombre, de colores y de dirigentes. Lo que permanece es el desencanto ciudadano.
Y mientras la política siga preocupada por crear nuevas estructuras en lugar de recuperar la credibilidad perdida, el problema no será cuántos partidos existan, sino cuántos ciudadanos siguen creyendo en ellos.
