Mientras millones de mexicanos veían el partido desde la sala de su casa, una pantalla prestada en la oficina o una reunión familiar, la élite de Movimiento Ciudadano presumía su presencia en los palcos VIP. Ahí estaban gobernadores, alcaldes, dirigentes y figuras nacionales del partido naranja celebrando goles, sonrisas y fotografías para las redes sociales.
No hay delito en asistir a un partido. El problema es la imagen que proyectan: una clase política cada vez más distante de la realidad cotidiana. Desde esos asientos privilegiados no se percibe el olor del agua turbia que llega a algunas colonias, ni la angustia de quien sufrió el robo de su automóvil, ni la oscuridad de las calles abandonadas en las zonas populares.
La política debería ser servicio, pero para algunos parece haberse convertido en una exhibición permanente de privilegios. Cuando la frivolidad se vuelve costumbre, el riesgo es que los gobernantes terminen viendo a los ciudadanos como espectadores y no como la razón de su trabajo. Desde el palco VIP, los problemas de la calle siempre parecen más pequeños.
