El ‘Tri’ vence 3-0 a Chequia y logra histórico paso perfecto en el Mundial

404
Compartir

El futbol es una cosa; lo que la gente hace con los resultados es otra distinta: más genuina y espontánea. La selección mexicana necesitaba ganar anoche a República Checa en la Ciudad de México para sacudirse un siglo de resultados imperfectos. Lo hizo. Ni en México 70 ni en el 86, nunca antes el Tricolor había ganado sus tres partidos de fase de grupos. Y además sin recibir goles. Con los aciertos en las anotaciones de Mateo Chávez, Julián Quiñones, Álvaro Fidalgo y la aparición de Memo Ochoa en su sexto Mundial. Un 3-0, así, o tres a cero, o como usted guste, pero, caray, esto más que un chispazo era el fuego que abrasaba todo a su paso.

A los 77 minutos y con el partido ya sin riesgo cuando iban 2-0, Memo entró serio, pero con evidente felicidad. Trotaba tranquilo rumbo a la portería, cadencioso y con la certeza de que un estadio con 80 mil 824 asistentes estaba entregado a su viejo arquero. No cualquier portero cuarentón juega un sexto Mundial y menos uno en casa.

“Olé, olé, Memooo, Memooo!”, en una sola voz multitudinaria.

La afición estaba más allá del resultado, es verdad, pero esto era lo que soñaban. Querían un pretexto, tan sólo eso, para enloquecer, para gritar cualquier disparate o cantar el Cielito lindo y sentir que la multitud somos todos y que con cada partícula se multiplicaba una masa cálida y protectora. Hay que ser de palo para no contagiarse.

“¡México-México!”, para empezar.

Los jugadores también eran parte de esa masa. Estaban allá abajo en la cancha, al principio sufrían por conectar dos pases con sentido, parecían tan lejanos, pero el público los arropó, los acercó y los hizo suyos, aunque la chilena de Israel Reyes o el disparo del Piojo Alvarado estuviera tan descompuesto: uno quiere a los suyos como sean. (Gilberto) Mora, Quiñones, (Raúl) Tala Rangel, consentidos de la multitud en verde; todos gritaban porque los sentían como parte del mismo clan. Cuando tocaban la pelota, los aficionados querían lanzarse a ese césped tan verde que parecía una mesa de billar y patear el balón o a un checo o lo que se atravesara en el camino, porque si el equipo no podía, entonces hay que echar montón con tal de ganar o empatar o lo que sea para seguir festejando. Y si el destino infame decidía que otra vez se perdía o se empataba, pues igual, porque también de dolor se canta, oh, glorioso san Pedrito Infante que lavas nuestras penas en México. Pero no, esta vez se ganaron los tres primeros juegos y con paso impecable. Eso también merece una fiesta.

“Uuuuuh”, si la tocaba un checo; “eeeeeh”, si era un mexicano.

Se ha dicho que algo minúsculo como una brizna incandescente puede desatar un incendio. Un estudio científico en Hungría estableció que sólo se necesitan 25 personas para provocar una ola en un estadio como éste, con más de 80 mil espectadores. Es decir, basta la ocurrencia de un puñado de aficionados contra el aburrimiento para desplazar una onda masiva a la velocidad de 12 metros (o 20 asientos) por segundo. La pausa de hidratación, ese nuevo enga-ño de la FIFA para vender publicidad, lo aprovecharon en el Azteca, quién sabe si confirmaron el dato de los científicos húngaros, pero en algún punto inescrutable empezó esa ondulación que recorrió todas las tribunas.

 

 

Desde temprana hora, aficionados mexicanos se trasladaron a los lugares de festejo para celebrar la hazaña de la selección nacional. Foto Marco Peláez, Luis Castillo y Yazmín Ortega Cortés

“Aaah”, con las manos levantadas.

Y los de Javier Aguirre no se entendían. Sin profundidad, con pocos pases verticales, no se les veía la forma. Mora parecía un ermitaño sin acompañamiento. Quiñones se desesperaba. El Piojo, bueno, la patada con la que mandó el balón a la tribuna merecía otro estudio de los científicos húngaros.

“¡No la suelten!”, se oía; “¡Pásala, pásala!”, se desesperaban.

El público empezaba a impacientarse. Entonces la tribuna se hizo cruel y se ensañó, le gritaban “puto” al portero checo y saltaban con el “oi, oi, oi, el que no salte es un checo maricón”. Y de ahí pasaban al Cielito lindo. Si algo tiene la multitud mexicana es esa facilidad para pasar del insulto a un canto tan dulce. De integrar a todos, protectora, a veces, o hasta convertirse en una masa destructiva.

 

1986. Segundo Mundial en casa donde la selección nacional, con Javier ‘Vasco’ Aguirre de jugador (ahora entrenador), superó nuevamente la fase regular; sin embargo, sucumbió ante Alemania en penales (4-1).

 

“¡Buuuuuu!”, porque no vinieron a ver esto.

Hasta que por fin, Chávez se escapó por la derecha, solo, la gente desquiciada como si intuyera lo que venía. Y un disparo cruzado provocó un sismo en el Coloso de Santa Úrsula. No es una hipérbole, unos científicos, esos estudiosos que también quisieran estar en la cancha, midieron cuánto se estremecía el Camp Nou en la histórica remontada del club azulgrana ante el PSG en la Champions de 2017. Cuando los catalanes marcaron un 6-1 el sismógrafo registró el mayor movimiento de tierra que se había medido. ¿Cuánto habrá temblado aquí?

“¡A huevooooo!”, perdón, pero eso gritaron y llovieron cervezas de 300 pesos, y volaron objetos no identificados.

Metida en su papel de masa desquiciada, sólo necesitaba algo pequeño como una chispa para encender algo inmenso. Quiñones, uno de los consentidos, aprovechó una terrible intervención de la defensa checa, para meter el segundo y la lluvia en el Azteca fue bíblica y el fuego de las pasiones como de Sodoma y Gomorra o el símil que usted elija.

 

 

1970. Primera Copa del Mundo disputada en México, en la que el Tricolor llegó a cuartos de final por primera vez en su historia, pero fue eliminado por Italia 4-1.

“Oleeeee, oleeee”, empezaron muy sobraditos.

En la tribuna pasaron del Cielito lindo a hostigar a un grupo de checos que aguantaban estar en medio del monstruo verde. Los verdes les arrojaban vasos y líquidos varios, los rojos los devolvían y los azules llegaron para tratar de mantener la calma.

Y a punto de terminar el juego, Fidalgo, que había entrado de relevo, aportó el tercero y letal, pero a diferencia del corrido, aquí los tres fueron de muerte.

“Pero sigo siendoooo el rey”, y todos a una voz y balanceándose como si esta multitud fuera un solo cuerpo. Y se preguntaban: “¿De aquí a dónde?” y otros más: “Pues vámonos al Ángel”.

Y nos fuimos.

 

 

2026. Cuarenta años después y con una ampliación a 48 selecciones, los tricolores aprovecharon la localía y pasaron con marca perfecta (tres partidos ganados) por primera vez en su historia para encarar los dieciseisavos de final y el anhelado quinto partido.

Con información de la Jornada.

404
Compartir
Salir de la versión móvil