Opinión

Marioneta 300:

A finales de los setenta, la llamada Ciudad de los Palacios desplegaba de noche un rostro distinto, marcado por bares, cabarets y tugurios donde la bohemia se confundía con la melancolía y el deseo. La modernidad se asomaba en luces de neón parpadeantes, pero aún latía la tradición de una capital que amanecía con olor a gasolina y bolillo recién horneado.

Por Xavier Zaragoza Núñez

A finales de los setenta, la llamada Ciudad de los Palacios desplegaba de noche un rostro distinto, marcado por bares, cabarets y tugurios donde la bohemia se confundía con la melancolía y el deseo. La modernidad se asomaba en luces de neón parpadeantes, pero aún latía la tradición de una capital que amanecía con olor a gasolina y bolillo recién horneado.

En el Bar Los 300 del Hotel del Bosque, la penumbra tenía su propio idioma. No había rocola: había un pianista de oficio, un hombre que, como en la canción de Billy Joel, parecía saber los secretos de todos. Sus manos, curtidas por tantas madrugadas, convertían cada petición en confesión. El humo de los cigarros colgaba en espirales lentas sobre vasos cortos de whisky y copas largas de coñac, donde el ámbar brillaba como un último rescoldo.

En una de esas noches estábamos Ricardo G. y yo, cómplices de confidencias, cuando el pianista comenzó a desgranar las notas de Marioneta, de Federico Méndez. Y en la voz imaginaria de Vicente Fernández, cada frase caía como sentencia:

“Soy tu marioneta, perdida en tu mundo de burlas y engaños…”

Nos miramos en silencio. El eco de la canción nos devolvía a otros escenarios: el Mallit’s de la Cuauhtémoc, en la Colonia Romita, donde los tragos de brandy se servían en copas anchas y las paredes espejeaban con luces azuladas. Allí, entre lentejuelas que parecían fragmentos de constelación, se confundían los amores prestados y las promesas fugaces. Ricardo G., encendiendo un cigarrillo con parsimonia, dejó escapar la sentencia de la noche:
—Al final, Negro, no somos más que muñecos, colgados de hilos que no vemos.

El piano insistió, casi con saña:
“Marioneta soy de tu querer, y aunque quiera liberarme, no lo puedo hacer…”

El bar entero se volvió confesionario. El comerciante abatido, la mujer que bebía sola su martini con dos aceitunas, el viejo que pedía otra copa de ron… todos parecían reconocerse en esa letra. Como Garrick en su tragedia, reían hacia afuera mientras lloraban por dentro.

No era la primera parada de nuestra ruta. En el King Kon, los espejos multiplicaban las luces de colores y las lentejuelas de los vestidos brillaban como estrellas al alcance de la mano. El sudor en la pista mezclaba el olor de perfumes caros con la fragancia dulzona de la cerveza, y los amores eran tan fugaces como una chispa en el cenicero.

En Las Uvas, más íntimo y literario, el vino corría lento en copas de cristal fino. Entre humo de tabaco rubio, periodistas y poetas dictaban sentencias que se confundían con carcajadas. Era un sitio de confidencias largas, donde las madrugadas se volvían interminables tertulias bohemias.

El Pirata Pata de Palo era distinto: carcajadas estridentes y música popular a todo volumen. El olor a tequila recién derramado en las mesas se mezclaba con fritangas improvisadas. Un puerto inventado en medio de la capital, donde tras cada broma y exceso se ocultaban heridas que nadie quería nombrar.

Y estaban, por supuesto, los lugares clandestinos de refinadas meretrices: salones de terciopelo rojo, copas de champaña francesa servidas con guantes blancos y perfumes que cubrían el cansancio. Allí los amores eran fingidos y pagados, pero no por ello menos apasionados; ardían como fuegos breves, consumiéndose en la misma noche que los inventaba.

La madrugada nos alcanzó en Los 300, entre vasos vacíos y el eco del piano. Afuera, la ciudad bostezaba con pasos apresurados y camiones humeantes. Pedí un taxi para Ricardo G. y lo vi perderse en la ventanilla, con la melancolía de un último adiós.

Subí entonces a mi habitación del Hotel del Bosque, donde también vivía Pita Amor. Era imposible no percibirla: una figura que atravesaba los pasillos con un andar casi teatral, como si cada paso fuese un verso declamado. Musa incendiaria y contradictoria, recitaba con la voz de un trueno y al minuto siguiente se perdía en silencios abismales.

Altiva como esfinge, pintaba su rostro con colores intensos: labios rojos encendidos como brasas, cejas trazadas con la precisión de un sable. Llevaba siempre un perfume penetrante —mezcla de gardenias y tabaco— que anunciaba su presencia incluso antes de verla. Era mujer de absolutos: no conocía el gris, solo el negro del desvelo y el blanco encendido de la pasión.

En el Hotel del Bosque la respetaban y temían a la vez: algunos la llamaban “la diosa descalza”, otros murmuraban de sus excesos con alcohol y amantes. Ella misma se jactaba de sus desmesuras, convencida de que en la exageración vivía la verdad. Poeta de los abismos, señora de sí misma y esclava de sus demonios, dejaba tras de sí la sensación de que la vida podía consumirse en un solo poema, en una noche de incendio.

Y en contraste, Ricardo G., condiscípulo de nuestros irrepetibles y maravillosos tiempos universitarios. Brillante conocedor de la ciencia del Derecho, aunque nunca abordaba esos temas en las noches de bohemia. Pálido y delgado, de finos modales y humor a flor de labios, prefería el sarcasmo ingenioso y la broma bien medida, esa que en lugar de ofender creaba complicidad. Era espejo y contrapunto: la ironía que desarmaba las solemnidades, el amigo que sabía dar peso a las palabras cuando el silencio resultaba insoportable.

Cerré la puerta de la habitación, pero aún me perseguía la cadencia inevitable:

“Soy tu marioneta, y en tus manos está, que me muevas a tu antojo o me dejes descansar…”

Me dejé arrullar con otra melodía, bálsamo de cierre: Azul, de Agustín Lara.
Azul, como una ojera de mujer… azul, azul de amanecer.

Y así, entre marionetas, luces, lentejuelas y memorias, se extinguió otra noche capitalina, con el piano como testigo y la música como el único hilo que uno mismo se niega a cortar.

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