Ciudad de México. Joel Huiqui acaricia la copa y sonríe. Festeja en el Estadio Olímpico Universitario con el equipo que acaba de bordarle la décima estrella al escudo de Cruz Azul al vencer a Pumas en la final (2-1, 2-1 global). En la cabecera visitante, cientos de aficionados gritan hasta las lágrimas. Son expresiones de felicidad, pero también de angustia, coraje la resaca de varios años de fracasos y derrotas, el eco de esas voces que acusaban de perdedor a uno de los clubes más ganadores del futbol mexicano. Pero el deporte, que siempre es imposible de descifrar, decidió ayer dictar un poco de justicia para La Máquina.
Los celestes supieron sufrir antes de ver el trofeo en alto, sostenido por las manos de su capitán, el mexicano Carlos Rodríguez. El mediocampista dejó atrás la tensión y el desgaste de la espera. Se abrazó con Huiqui, quien a su vez hizo lo mismo con Rodolfo Rotondi y los chicos formados en las fuerzas básicas del club. Miró a los ojos a trabajadores y directivos de la institución, aquellos a los que les prometió como el resto de sus compañeros que habría revancha. Si la conquista de 2021 seguía fija en la memoria de los más grandes, la siguiente corona tendría que ser inolvidable para los más chicos. Y así fue. Se los había prometido al hacerse cargo de la dirección del equipo. Y no les falló.
Hubo quienes dejaron de creer por algún destello de temor o ruido mediático. Pesaba la superstición, el empate sin goles en el Estadio Ciudad de los Deportes, la venta anticipada de camisetas de Pumas con el número 8 gigante y la palabra “campeón”, además del pasado ganador de Efraín Juárez en Colombia con el Atlético Nacional. Todo pesaba, pero el equipo de Huiqui creyó siempre. No era posible que se les escapara esta vez. La afición azul deseaba la décima, se obsesionó con ella y, al final, recordó a quienes se burlaron de la falta de un estadio propio cómo se construye un reino en casa ajena.
En el campo, los dos equipos honraron el juego con un partido vibrante. Dos rivales de estilos opuestos, pero comandados por entrenadores formados en las fuerzas básicas. Volvió a verse ese orgullo casi amateur de los celestes: generosos, solidarios y aguerridos hasta la imprudencia. Pero la capacidad competitiva de Pumas, tantas veces acreditada bajo la dirección técnica de Juárez, los llevó a resistir, esperar y, de alguna manera, rescatar a los árbitros de la enorme polémica que se avistaba -después de la designación del silbante Daniel Quintero Huitrón y los señalamientos públicos contra Cruz Azul- con una remontada memorable.
El paraguayo Robert Morales remató cruzado en el área grande y desató un estallido en Ciudad Universitaria con la caída de Kevin Mier, quien no pudo reaccionar bajo los tres postes (30). Antes, sólo Rodrigo López había probado los reflejos del arquero colombiano con un tiro desde fuera del área, pero hacía falta una genialidad individual como la del andino. Pumas golpeó ahí, en uno de los pocos instantes en que su rival bajó la guardia.
Navas sostuvo el destino de Pumas con al menos tres atajadas con dirección de gol, dos de ellas del argentino Rodolfo Rotondi. A La Máquina le costó reordenar la estrategia. Perdió al creativo José Paradela por lesión y Gabriel Toro Fernández trató de resolver la falta de contundencia de los delanteros. Pero no pudo solo.
Los Pumas de Juárez escondieron la mayor parte del tiempo las debilidades un plantel corto, limitado, que además sufrió las bajas por lesión de Adalberto Carrasquilla y Rubén Duarte durante el complemento. Durante emparejó los cartones con un autogol (53) y luego Rotondi, con las heridas de las pasadas finales en las que falló, sentenció la remontada más gloriosa de los celestes en un recinto al que asistieron más de 46 mil 453 aficionados. Las expulsiones de Uriel Antona y Angél Jesús Rico, quien ingresó de cambio en la parte complementaria, resumieron entonces el derrumbe de los locales.
Más de 3 mil 50 efectivos de seguridad
Como las finales aceleran las agujas del reloj, al interior del Estadio Olímpico más de 3 mil 50 elementos de seguridad pública y privada se desplegaron por pasillos y accesos. No se permitió el ingreso a aficionados visitantes que pretendieron entrar en grupo o en autobuses organizados como barra, incluso si mostraron su boleto en mano. “El que no se comporte, va para afuera”, advirtieron los uniformados desde las puertas, con un tono que no admitió réplicas.
La Secretaría de Seguridad Ciudadana diseñó un operativo especial para custodiar la llegada de La Rebel. La consigna oficial fue de cero tolerancia. Cualquier altercado significaría la remisión inmediata ante las autoridades correspondientes. Pero el hincha auriazul no suele ser devoto de los reglamentos. Asomaron banderas por las ventanas, saltan sobre los asientos, mecieron la carrocería de los camiones como si flotaran sobre el asfalto y le cantaron al primer cruzazulino que divisaron en el camino. El folclor desafiante de la tribuna se apoderó de la calle, aunque el resultado no se les escapó.
















